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Diario Octubre – Hola, ¿es aquí la izquierda real?

Hola, ¿es aquí la izquierda real?

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Trescientos inmigrantes africanos asesinados recientemente por el capitalismo de la globalización en Lampedusa.  La ignominiosa expulsión de Francia días atrás de la niña kosovar de etnia gitana Leonarda. Sería más que suficiente para que ambas agitaciones emocionales nos descubrieran la verdadera realidad del mundo que habitamos. Pero no es así, todo sigue igual, sendas catástrofes, una con cuerpos anónimos y la otra de cara, han sido noticias sensacionalistas de portada que quedarán en breve en la difusa memoria selectiva de las sociedades aturdidas por la posmodernidad y el neoliberalismo.

Han pasado por la actualidad como catástrofes de origen divino sin causas objetivas: dos calamidades totalmente descontextualizadas, dos acontecimientos que se olvidan al poco tiempo, nutrientes de baja intensidad para echarse unas lágrimas de ocasión equivalentes a unas risas instintivas ante un tropezón ridículo de un viandante en la calle. Todo tiene el mismo valor de la nada absoluta.

La masa ciega no ve que hay detrás de estos dos sucesos lamentables. Hay explotación, fascismo encubierto, dolor histórico, democracia de pacotilla, ricos exentos de moral y pobres de solemnidad. Sin duda que rastrear sobre ambos acontecimientos nos desvelarían muchas más razones de la irracionalidad del sistema capitalista. Entender y aprehender las aquí expuestas ya sería un paso de gigante para pasar a la acción política consecuente. Sin embargo, en las sociedades occidentales estamos debidamente vacunados para consumir hechos como los narrados y volver al sopor cotidiano. Tenemos tantos problemas personales y una conciencia social tan dañada por la ideología del consumo rápido que somos incapaces de descifrar las claves de la realidad que nos oprime.

Estamos gobernados por auténticos delincuentes. Solo basta un vistazo atento a los medios de comunicación para vislumbrar esta afirmación tan rotunda. En la trastienda viven al resguardo de la luz pública los cínicos, banqueros, especuladores y financieros de toda laya y condición, los que manejan el cotarro a la sombra. El robo bronco y directo al que asistimos en los últimos años resulta clamoroso, en vivo, de forma descarnada. Hace décadas que Occidente dejó de tener respuestas de izquierda ante la rapiña que se venía cocinando desde hacía tiempo por el FMI, el Banco Mundial, EE.UU. y la Unión Europea. Comenzaron por la periferia: América Latina y Asia como laboratorios predilectos. La clase trabajadora occidental, ensimismada en su bienestar ficticio, jamás miró hacia territorios tan exóticos y lejanos. El tsunami, por fin, llegó a las orillas de los países ricos, mientras que en Sudamérica iniciaron tentativas políticas que hicieron frente con éxito desigual al neoliberalismo del caos y el hurto como nueva ideología para relanzar un capitalismo genuino y extremista de mayor vigor y lozanía.

Esas iniciativas (Venezuela, Bolivia, Ecuador…) fueron desechadas de un plumazo por la izquierda sobrada e intelectual de Europa. No eran más que populismo barato y tercermundista, según sus voceros y líderes más señeros. Aquí, proseguían desde sus alturas confortables, hemos superado ya la etapa del expolio y del conflicto clasista: con meros retoques, mucho diálogo vacío y sentido común la riqueza manará en abundancia para todos. Eran tiempos de vender el pleno empleo, la sociedad del conocimiento y del ocio, la libertad extrema en un edén de autorrealizaciones individuales, a la carta e ilimitadas. Bonito sueño que se hizo añicos de repente. Apuntarse al carro del optimismo era lo verdadero, moral y ético. Esa pléyade de líderes de cartón piedra salieron por peteneras, eso sí, capitalizando las prebendas como asesores de cualquier estupidez y con domicilios en urbanizaciones de chalés adosados o casas unifamiliares alejadas de sus orígenes de barrio o arrabal.

Por lo que se ve, se trata de un proceso vital e histórico que se ha registrado en muchos países occidentales. Los que un día fueron vanguardia obrera o miembros de la nomenclatura dirigente se pasaron con su ser al completo a las filas de la socialdemocracia tímida y redentora. Pocas son las excepciones. Para ellos había terminado la lucha de clases, pues ya formaban parte de ese cajón de sastre denominado clase media. Muchos, de la noche a la mañana, se transformaron en politólogos, sociólogos, antropólogos o expertos en temas sociales o laborales, incluso elaboraron estudios y publicaron artículos y libros con profusión de datos, estadísticas y números sin conclusiones relevantes para la acción política, con el propósito subyacente de calmar su mala conciencia comprada por los antiguos adversarios de clase a precio de mercado siempre que alentaran la sumisión al régimen capitalista o democracia parlamentaria como preferían y prefieren llamar, una metáfora o eufemismo que no compromete a nada y rinde beneficios seguros.

Que a la derecha les importe un bledo tres centenares de inmigrantes ahogados y una niña de nombre Leonarda, va de suyo en su ideología hipócrita y mistificadora. Lo realmente peligroso y sangrante es que la izquierda, más allá de los pronunciamientos puntuales de condolencia con tintes de radicalismo retórico, se quede en eso: en una mera estampa de empatía falsa, distante, políticamente correcta, medida, huidiza, inaceptable e insuficiente.

Es de temer, que este profundo bajón ético y de conciencia colectiva que vivimos en la actualidad permita al capitalismo llegar a cualquier confín remoto del planeta. La posmodernidad y el neoliberalismo nos dejarán en cueros, como simples fuerzas de trabajo explotables. Bienvenidos a la Nueva Edad Media, un espacio convertido en mercado sin valores humanos, donde todo será mercancía, pura fatalidad abocada al consumo evanescente.

 

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