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Diario Octubre – La fábrica y la ciudad: izquierda obrera e izquierda urbana

La fábrica y la ciudad: izquierda obrera e izquierda urbana

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Fábrica y ciudad recuerdan vagamente al hombre de Neanderthal, extinguido ya hace muchísimo tiempo, y al Cro Magnon, del que descendemos los actuales humanos, dos especies completamente distintas en la línea de evolución.

Se trata de una comparación metafórica, por supuesto. Los neandertales y los cromañones se conocieron en persona, sin embargo por las investigaciones practicadas hasta la fecha no se reprodujeron entre sí, aunque existe la probabilidad de influencia mutua en cuestiones culturales, esto es, quizá los genes no hayan recogido ningún rasgo específico neanderthal en nuestra actual constitución humana pero sí los memes, esos sedimentos culturales que viajan en el túnel del tiempo de modo misterioso y anónimo.

En el caso que nos ocupa ahora, fábrica y ciudad se han influido recíprocamente, dando como resultado una izquierda obrera y otra urbana, ambas categorías no definitivas ni acabadas al haberse mezclado de diversas formas y haber generado otros vástagos híbridos de naturaleza muy diversa.

La izquierda contemporánea tuvo su origen en la fábrica del siglo XIX, durante la revolución industrial. Es allí donde el movimiento obrero echa raíces sólidas y fundamenta las relaciones sociales típicamente capitalistas.

En la fábrica sucede todo, es un escenario casi total de las vivencias esenciales de los trabajadores. Patrón y obrero son categorías que se necesitan desde una oposición radical de intereses. La conciencia de clase emana de esa disputa que se percibe a simple vista y que se padece en propia carne.

De esa oposición cruda y extrema nacen ideas y actitudes políticas revolucionarias que alimentadas intelectualmente por Marx y sus seguidores dotan al colectivo obrero de unas señas de identidad singulares. El mundo ideológico diseñado por la burguesía es puesto en solfa. Otro mundo era posible.

El trabajo por entonces era una centralidad absoluta en la vida cotidiana de la clase trabajadora. La sociedad anterior, rural fundamentalmente, mantenía actitudes conservadoras de resignación al poder establecido. Todo era como tenía que ser porque siempre había sido así, ayudando las doctrinas religiosas a extender este estado de opinión generalizado.

El obrero que sale de la fábrica industrial interpreta el mundo de otro modo al de sus antepasados rurales: su realidad es menos individualista al compartir horas de contacto con otros trabajadores iguales a él. Ya no ve las relaciones de poder como designios divinos, inescrutables e inamovibles al contemplar al empresario de turno como persona de carne y hueso con los mismos atributos que él mismo.

La realidad del obrero fabril está hecha de pura dialéctica: las ideas y la práctica se refuerzan en la lucha diaria. Las ideas transforman la realidad al tiempo que las actividades regulares que persiguen un fin determinado a priori son capaces de influir en el modelo ideológico sustentado en el régimen de explotación capitalista.

La sociedad industrial no es para siempre, todo es susceptible de cambio, a peor o mejor, en función de la presión colectiva que se implemente. Este cambio es radical con respecto a los pensamientos de resignación y entreguismo al destino de la sociedad rural.

No obstante, la fábrica redujo la izquierda obrera a pensamientos cerrados estructurales, dejando las cuestiones culturales, sociales, urbanas y políticas en un segundo rango de intensidad o interés inmediato.

Una vez que el obrero finalizaba su exhaustiva jornada de trabajo, volver a la taberna y la familia era su destino inexorable. La ciudad era un entorno hostil, como una pasarela de la burguesía y las clases conservadoras o reaccionarias preeminentes en el plano político e ideológico. El trabajador tipo había agotado sus energías en la fábrica y en las tareas sindicales urgentes.

La vida social del obrero cristalizaba en la fábrica y la familia, trabajo y subsistencia eran sus hitos básicos. Pero, con el paso del tiempo, la ciudad emergió con entidad propia. Su espacio de convivencia se convirtió en lugar comercial y de ocio. El proceso tuvo altibajos, pero poco a poco fue sustituyendo a la fábrica como lugar exclusivo de la expresividad vital de la clase obrera.

También surgió en simultáneo con la eclosión de la ciudad una izquierda más abierta a nuevas tendencias con problemas y conflictos diferentes. El espacio urbano precisaba de reivindicaciones y demandas complementarias al trabajo sindical realizado en la fábrica. De alguna manera, la lucha obrera se politizó y extendió sus campos de dominio a la esfera reservada tradicionalmente a las castas hegemónicas.

No cabe duda de que ambas izquierdas recogieron ideas comunes e intercambiaron otras particulares de cada sensibilidad. Este proceso histórico abarca todo el siglo XX.

Hoy, la fábrica ha cedido terreno a la ciudad. Casi todo sucede en el entramado urbano. La fábrica se ha transformado en un no lugar sin identidad propia, desregulado, precario, feo, adiente. El trabajo es lo que ofrece resistencia al ciudadano-trabajador actual.

Al trabajo se va para huir de él: es tiempo que la sociedad nos roba para expresarnos libremente en el medio urbano, nuestro espacio favorito para expresar la personalidad propia en actos de consumo. Hemos dejado de ser meros trabajadores para convertirnos en ciudadanos profesionales.

La izquierda urbana es eminentemente defensiva. Las causas de la explotación capitalista no forman parte de sus señas de identidad. Lo importante es consumir: comprar derechos, adquirir estatus o éxitos pasajeros, acceder a una educación instrumental, vivir la salud con optimismo juvenil.

Los ciudadanos con ideas de izquierda quieren escapar a toda costa del factor trabajo, no problematizarlo ni incidir en su conflicto histórico. La realidad posmoderna está hecha de avatares infinitos y de realidades virtuales creadas por uno mismo. Su política activa se ha convertido en solidaridad ong y sus reivindicaciones sociales en la reposición constante de objetos y fetiches culturales inalienables, novedades incesantes para no cesar de crear avatares, iconos y sensaciones ininterrumpidamente.

La constitución de la izquierda obrera se basaba en tiempos sucesivos perfectamente acotados y accesibles al sujeto pensante, mientras que el tiempo urbano está desmenuzado en miles de emociones no interconectadas y, por lo tanto, no tiene entidad propia significativa.

Antes el tiempo se edificaba en momentos de trabajo reales; ahora, la realidad está fuera del tiempo: se nos escurre de las manos en un vaivén instantáneo.

El diálogo entre ambas izquierdas es urgente y muy necesario. Actualmente vivimos en una sociedad post-todo: posmoderna, posideológica… No sabemos aún si estamos en un periodo de transición hacia algo nuevo o si solo se trata de trampas mentales para impedir un conocimiento profundo de la realidad capitalista que nos contiene. Eso sí, mientras tanto la pobreza aumenta, los salarios bajan, lo público cede y lo privado se incrementa, las guerras se recrudecen, las desigualdades se disparan…

Vivimos en una globalidad capitalista incuestionable. ¿Otro modelo de sociedad es factible de la confluencia crítica entre la izquierda obrera y la izquierda urbana o lo único que cabe esperar son populismos de diverso signo que se hagan eco de nuestras frustraciones para entregarse después al lavado de cara del edificio capitalista?

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