Ratones y gatos, manteros y policías: buscavidas en negro y azul

manteros madridPongamos que hablamos de Madrid. Como en la vieja canción. Alrededores del centro comercial de la ciudad, en las calles peatonales del Arenal y Preciados. Gente que va y viene, trasiego urbano, residentes de aquí y allí mezclados con turistas variopintos y apátridas que huyen del hastío vital, jubilados, personas sin norte, ociosos y perdidos, nihillistas del instante, batiburrillo de soledades.

Africanos buscándose la vida con el hato peculiar de sus mercaderías al hombro y a ras de baldosa: gafas de sol, bolsos que imitan marcas de solera, cintas de vídeo, quincallería de ocasión. Llevan la manta preparada para soltar amarras ante el olor penetrante de una patrulla policial. Son negros irregulares, ilegales, sin papeles, fuera de la ley, personas que no cuentan para las estadísticas oficiales. Negros, muy oscuros, de piel que contrasta con la blancura cegadora del verano en ciernes.

Se ganan el sustento a golpe de carreras, a velocidad de vértigo, siempre con el ojo avizor para escapar a la redada por la espalda, al cruce inoportuno con el azul temido de las huestes de la policía. Negros contra azules. Hambre en fuga. La verdad contundente de los agentes en nómina del statu quo. Ambos cumplen órdenes. Ninguna parte es libre.

Los inmigrantes, prisioneros de su sed; los azulones, del sistema capitalista. El designio de ambos está escrito de antemano: sus destinos se confunden en un momento hueco, durante una fusión obligada por las circunstancias y la lógica irracional dictada por la dinámica social que nadie desea que tenga lugar jamás. ¡Corre negro, corre! Y los africanos vuelan, pero a veces tropiezan en su infortunio, cayendo justo en las redes del poder absoluto y del proceso judicial kafkiano de la razón de Estado contra el no hombre, no mujer, no yo, no nadie, ¡qué más da la nomenclatura frente a la bastarda verdad de la norma fría, distante, precisa e inhumana!

El poli bueno ensaya mirar para otro lado, enredarse en sus dudas existenciales, hacerse un nudo ético que le sirva de excusa, mientras el compañero malo desea servir a la Patria blanca, opulenta, racista, machista y occidental. Ser lo que es: policía, orgullo mal entendido de uniforme ignorancia. Han pillado un negro, una máscara de dolor y miedo tendida en el suelo, a miles de leguas de su origen e infortunio natal. Los suyos, su familia, no tienen nombre ni dirección (allá, el Tercer Mundo), nada son en la memoria de la gente de bien: los nuestros, nosotros.

El poli malo arrastra al bueno. Ninguno de los dos sabe que son piezas prescindibles de una cadena trófica e ideológica que ha envenenado sus mentes con historias maniqueas de dioses y putas, ricos aromáticos y sucios pobres, cuerdos estéticos y locos mugrientos. Los polis también se deben a su familia: hombres y mujeres, niñas y niños que comen, juegan, desean y aspiran a un futuro luminoso, a llegar a ser algo en la vida.

Atenazado bajo la fuerza bruta de los azules (dos números de quita y pon), el negro intenta zafarse de sí mismo, desdoblarse en cuerpo y sombra, escapar como el viento de una opresión que no entiende y que le persigue desde su remota niñez como una réplica mágica de sí mismo. La sombra se hace viento y huye. Y la realidad se adueña de su cuerpo: sufre, llora para los adentros, está solo en la inmensidad de su presente.

Su nombre está en boca de sus amigos y compañeros. Su recuerdo empieza a echar raíces en los que se quedan, polizones de un mundo soñado que no se ajusta jamás al devenir cotidiano. África seguirá oteando el horizonte: ¡Europa a la vista! Y Europa continuará fiel a su traidor encanto, rechazando los anhelos de miles, millones de seres humanos a la puerta de la desesperación fatal.

El negro caído suda copiosamente. Su corazón late a ritmo frenético. ¿Piensa algo ese negro del que nada sabemos a ciencia cierta? La gente le mira. ¿Qué ve la gente que le está mirando? Todo vuelve a la normalidad tras el episodio de caza al inmigrante. Los negros que huyeron, regresan a buscarse la vida. Y los polis, a lo mismo, a ser herramienta ejecutora de un jefe, hidra de rostros dispares, que nunca da la cara: la costumbre, la cultura, el hambre y la sed, el ministro de turno, el régimen sociopolítico e invisible que todo lo justifica.

Azules contra negros, buscavidas de ley y buscavidas contra el destino. Y, rodeándolos, un coro de atronador y riguroso silencio: gentes que van y vienen, indiferencia urbana, consumidores ávidos de espectáculos callejeros. Todo gratis.

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