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Diario Octubre – Urbes mall

Urbes mall

ciudadigitalLas grandes urbes de las grandes potencias imperialistas son extensos MALLS donde se vigila, cuida y almidona cada aspecto del tráfico mercantil. En su recinto, y parafraseando a Debord, la mercancía constituye desde hace tiempo el alfa y omega de “las tareas y los días”, que intitularía Hesíodo. No hay como visitar una de esas galerías comerciales estilo yankie, donde las plantas alternan con intersticios al aire libre, para hacerse con una idea nítida en relación al conjunto espacial metropolitano. Los MALLS son auténticas probetas guardando el genoma de la composición laboral urbana y de su división funcional. Los barrios acostumbran a quejarse y enfrentar cada nuevo proyecto de construcción y apertura de estas moles, sin que sus habitantes parezcan reparar en su propia condición de encerrados en el intramuros de macro-estructuras parejas a aquellas repudiadas.

Las mercancías, materializadas “por arte de magia”, atestan los camiones, que salen y entran, mientras los jardineros tejen atractivo el arbolado y los jóvenes interpelan al peatón con su marketing de satisfacción e intención de compra. Una completa cadena de secuencias emplea puestos consecutivos de stock, adecentado, merchandising (sobre el terreno), promoción, management, cómputo, venta, contabilidad y gestión de beneficios, encargo, stock…, y vuelta a empezar. Se vigila la propiedad y a los propietarios, y, vigilándolos, se aprende a conocerlos y a prospectar sus inclinaciones; acumulativa de datos que orienta las pautas de la vigilancia y el estímulo a compra, en un bucle infinito entre conocimiento e intervención sobre el sujeto.

Se procura seguridad a esas propiedades y a quienes las adquieren, manteniéndose intacto el escenario e intentando mantener estables las emociones de quienes han de sentirse seguros hacia la compra y ante la compra. Los edificios centrales y las torretas se erigen como terminales informatizadas de concentración, material y virtual, de plusvalías. Las plusvalías llegan desde lejos; de donde sí se añade Valor a la materia produciéndola y alterando su composición física y Valor de uso. Completando la meta de su Odisea transcontinental, las plusvalías se representan como dígitos en las cuentas. Ingresan en los presupuestos municipales, en las arcas comerciales, en los nodos de inversión (bursátiles o virtuales), en la fracción de Capital que se funde con los salarios nominales, en los cheques-descuento, en las compras de clientes, comerciantes, mayoristas e importadores. O la plusvalía se manifiesta como cociente de la simple transferencia mercantil cuando los procesos pertenecen en su totalidad a ese ciclópeo holding racial de los Reyes del Mambo. Se socializa como inversiones de infraestructuras y dispositivos para dar mayor Bienestar y comodidad a la ciudadanía. Las plusvalías son pavimento, decoración, estatuas, memorándums a científicos y sables, moda y modelos, trajes y tejido pret-a-porter, calzado, maquillaje, monederos, bolsillos y tarjetas, acelerados flujos de crédito, cheques-compra, estaciones de metro o de tranvía a la puerta. Las plusvalías son el anuncio y lo anunciado. Son el espectáculo y su especulación, su deseo y su sola posibilidad. Las plusvalías son el poder de sus propios espejos, el sueño cumplido de cuantos se funden de éxito en su superficie y la ficción del resto que allí gusta mirarse. Hablemos de un recinto MALL o hablemos, “en cambio”, de Amsterdam, Estocolmo, Bruselas, Viena, Zurich, Londres, Berlín, Sindney, Montreal, Boston, San Francisco, Nueva York. Da lo mismo.

Se ha hecho habitual cierta crítica culturalista del ocio obrero embrutecido: se correría en masa hacia el MALL como hacia un epicentro de abducción cuyos crecientes beneficios y re-inversiones habrían terminado por transformar a los complejos casi en ciudades. Más que colmar el ocio, el MALL puede satisfacer ya la multi-dimensionalidad de una existencia “completa” pivotante alrededor de dicho modelo recreativo: el MALL incluye mutuas, servicio de odontología, parkings, hipermercado, restaurantes, cines, alquiler de apartamentos y plazas hoteleras. Es probable. Pero tal crítica no hace otra cosa que fijarse en el detalle. Pues la “urbanización” del MALL no es más que el epifenómeno superficial de la función parasitaria atesorada por la ciudad global imperialista: dirigir y rentabilizar tanto la sobre-oferta como el excedente adquisitivo geográficamente concentrados a partir de una expropiación a gran escala de materialidad. Esta especialización de fondo obviamente se manifiesta, en el nivel de la forma, como cierto “estilo de vida” identificable. Pero el MALL hipertrófico “hecho ciudad” no pasa de ser la protuberancia expresiva sectorializada de unas capitales de campo imperialista que son MALL por esencia. Cuando la urbe misma ha devenido MALL, esos complejos de ocio están reproduciendo en sí, a la postre, los servicios urbanos.

En lo profundo, trabajar colectivamente gestionando el auto-consumo de la materialidad de existencia provista desde otras latitudes por la producción alienada, no significa para el mundo-mall otra cosa que un trabajo de naturaleza política. Se trata de trabajar en la reproducción caractereológica de un mundo que representa a su vez una relación de dominio con el polo que fabrica, en última instancia, la base material para tal caractereología del privilegio. Y, consumando mediante el trabajo las estructuras y funciones del mundo-mall, reproducir indisociablemente el output vertido por las mismas, esto es, la propia vida y posición del trabajador-mall. Con independencia a su propiedad o no propiedad sobre un negocio particular, este trabajo suyo es el negocio del ciudadano-mall, conscientemente concernido e interesado en la división internacional estructurante ya citada.

Estos procesos cotidianos, manifiestos y profanos de (re)generación circular y de consumo diferencial de la desigualdad, requieren a su vez de la implementación de para-procesos turbios a ejecutar por destacamentos especializados del MALL: confiscaciones de tierra para extracción y expulsión de poblaciones, Golpes de Estado y colocación mercenaria en el NO-MALL de sistemas político-institucionales plegados a la lógica del MALL, invasiones, escuadrones, mercenariazgo, maniobras electorales, movimentarismos civiles/de inteligencia, guerra sucia, genocidio. La ciudadanía-mall, azuzada por un inequívoco instinto de clase, no suele oponerse en términos prácticos a esta para-gestión especializada de las condiciones relacionales con el NO-MALL. Incluso cuando se produce una disonancia entre tales procesos y diversos componentes fragmentarios de la ideología MALL (pacifismo, no-violencia, ecologismo, rebeldía, democracia, progreso, “internacionalismo”, multiculturalismo, “igualitarismo”…), por un automatismo subjetivo el ciudadano re-adecua conceptualmente los fragmentos en shock, a la propia racionalidad del MALL, que, a fin de cuentas, es su interés material de fondo. Un ejemplo ilustrativo nos es servido por las Cumbres Mundiales Medioambientales, especialmente agresivas con aquellos países que intentan re-apropiarse de un potencial productivo manejado por matrices imperialistas, y a los que se condena por su actitud no-sostenible. La relación de poder descrita genera un consenso y un seguidismo poblacional primermundista de la mano del ecologismo (para el caso).

Tal división internacional concentradora de la producción de Valor dentro del perímetro de la macro-región mundial provisora del MALL (o mundo-gallina de los huevos de oro), genera altas dosis de exclusión, desclasamiento y lumpenización al seno del mundo-mall e incluso en su propio corazón de rebosos. Sólo a primera vista el fenómeno parece paradoja. Es precisamente la práctica licuación de los sectores primario y secundario de la pirámide, lo que genera un estatus poblacional “sobrante”, con todas sus consecuencias. No en vano, la gestión política (administrativa, promotora, estética-diseñadora, ingenieril, manageril…) del trabajo productivo mundial externalizado, de su fruto mercantil y de las plusvalías generadas, es por definición incapaz de ocupar a toda la demografía. En la ironía, el Amo deviene hegelianamente esclavo de su esclavo productivo tanto como de su coto geográfico-humano oprimido. Dicha dialéctica se agudiza a cada lapso de desarrollo adicional de tecnologías aplicables al funcionamiento del MALL, y a cada lapso de incorporación creciente del esclavo en los estratos funcionales más bajos del MALL con arreglo a criterios de costos diferenciales.

De ello resulta la desintegración operativa de cierta franja entre los trabajadores-mall, aunque sin significar automáticamente privación de manutención. A costa del mundo-huevos de oro, el MALL sigue proveyendo mínimos auto-reproductivos incluso a una porción central de casos que ruedan en trayectoria de lumpenización, de des-herencia o de ociosidad. No es igual la miseria bajo un país oprimido que la miseria bajo un país imperialista, donde precisamente la generación de miseria mundial se re-proyecta como mínimos de subsidiariedad interna.

En el interior mismo del MALL, el sobre-stock de lo sobre-producido se traduce, si no en miseria, sí por lo menos en prosaísmo de la existencia, así como en la colonización del trabajo parasitario y de su experiencia sensible por un vacío a flor de piel para quienes, en su fuero interno, se saben mantenidos artificialmente por el simulacro organizado de la labor. A una juventud-mall demasiado criada a la sombra de la Superpotencia o de las Potencias como para llegar a imaginar ni por un segundo qué puede significar ser joven, el mall blinda su propia legitimidad mediante una hábil triquiñuela discursiva. Empuja a estos jóvenes a hallar en el trabajo la llave maestra de la prosperidad; el sofisma no podrá jamás ser desmentido por la empiria allí donde no hay trabajo, de modo que los jóvenes, armados de fe, perseguirán hasta la tumba la revelación de tal dogma indemostrable. Bakunin ironizaría, tal como lo hiciera con la premisa lockiana del trabajo individual como base histórica de la propiedad privada. El ruso, ahora, le diría a la juventud que alzara las miras y se fijara en la “prosperidad” de los grandes oprimidos productivos del Globo.

Por lo demás, la quintaesencia moral de tal mistificación reside en su proyección colectivista y mundialista, siendo invocado un “trabajo histórico pendiente” generador de la materialidad técnica y del producto “aún necesarios”. Palabras como ésas pueden enternecer, re-animar y hasta emocionar la filantropía primermundista, pero por supuesto no engañan a ningún proletario asiático que, en su infierno de ritmos pautados, culmina y culmina piezas de robótica que no volverá a ver. Él y ella saben que en el régimen de propiedad de esas piezas reside codificada la robotización laboral y social de sí mismos.

Por idéntica relación, hay un hilo negro que une -bajo el sistema imperialista- las encimeras de cocina de quienes no producen un solo átomo de Valor, con la Libia que producía Valor…; las fuentes monumentales urbanas, los surtidores públicos y el negocio del embotellado, con la ausencia de canalización, de potabilidad, de obras de seguridad, de producción de depósitos, para aquellos que hacen de no pasar sed su agónica “aventura” diaria…; las montañas de excedentes en abandono o destrucción programada que salpullen la fisonomía imperialista, con las montañas de basura donde los productores alienados, o quienes son expoliados de sus materias y factores productivos, se zambullen para “reciclar” miseria…; el afloramiento cíclico de trabajos, dividendos, empleos y negocios subsidiarios de los flujos “del ladrillo”, con las chozas de ramitas, hojas, adobo, estiércol, barro o plásticos y materiales mercantiles reciclados, erigidas, tiradas “por la naturaleza” (cruel con el proletario) y vueltas a levantar, en triste y condenado trabajo familiar de Sísifo.

Mucho se ha moralizado sobre la categoría del “consumismo”, “la sociedad de consumo”, “la sobreproducción”, etc. De la Escuela de Frankfurt a “la generación maldita” de Faulkner y Kerouac, pasando por el Against the grain agrupador de la primera teoría crítica estadounidense de posguerra o por Timothy Leary, nos topamos con sucesivas tentativas de estimular la auto-crítica social, fundiéndose la condena des-civilizadora con un evolucionismo regeneracionista. Pero lo trágico de la cuestión es que la estéril aproximación moral -ya su sola pensabilidad-, presupone ocupar una posición objetiva concreta en la dialéctica mundial subyacente al fenómeno, posición que determina la precisa omisión de la dialéctica de antagonismos por el autor. Es la división internacional del trabajo nutriente del intelectual, y a fortiori su oportunidad de consagración al trabajo intelectual dentro del hemisferio laboral reproductivo del MALL, aquello que le empuja a localizar y a denunciar una actitud, sin preguntarse:

Primero, cómo es posible, pensable y sostenidamente deseable tal actitud para cierta parte del Mundo (cuestión de la base material);

Y segundo, qué “subconsciencia” de intereses o de lugar estructural ocupado es aquella que lleva al propio autor a mantener un punto de vista tan moral como “actitudinal” en su abordaje, divorciando el afloramiento de la cuestión del sobre-consumo en la consciencia colectiva, respecto del subconsumo en su antípoda geográfico-política.

Las poblaciones imperialistas trabajan “ahí arriba”, en su Globo azul, pues les conviene hincharlo. Unos trabajan gestionando la relación de poder. Otros, gestionando las transferencias materiales resultantes de esa relación política. Otros más, se ocupan de materializar el Valor ínsito a tal producto social. Otros más, redistribuyen tal Valor. Y otros ejecutan los planes de re-acondicionamiento y del MALL y de su progreso, mejora, rehabilitación, a partir de deposiciones de Valor. Así, el trabajo descrito es un conector que consuma (realiza) y reproduce la posición mundial de esas poblaciones, traduciendo dicha relación en condiciones concretas de vida. Para hacer esa matriz posible, otros trabajan en su propia alienación diaria con el único horizonte subsistencial de poder seguir produciéndola a la mañana siguiente. Hace falta ser muy cínico, alucinado o victimista (o cualquier combinatoria entre los tres adjetivos), para no ver la diferencia cualitativa (y, al mismo tiempo, la radical identidad) entre ambos polos dialécticos.

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