Tamer Sarkis. Erdogan: obituario político

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Sable de dos filos

Racep Tayyip Erdogan ha sido el amigo insatisfactorio donde “el Gran Amigo Americano” sólo acepta al “mejor amigo del hombre”: el perro. Los artífices estadounidenses de las Primaveras acogieron al turco en calidad de rompehielos local y de coach de dotaciones para que, una vez “liberalizadas” las estructuras políticas y económicas de toda la región, pudiera hacer de publi-relations diplomático y de partenaire inversor. Mientras le era reservado su lugar, como a quien ha de recoger los despojos y morder sabrosos pedazos de carne que caen de la mesa de los amos, Erdogan soñaba con una nueva Siria des-estatalizada donde las personas, mutadas en “individuos” “dependientes de sí mismos”, hubieran de entrar cada mañana a producir en fábricas turcas para comprar después esas mercancías turcas más otras importadas.

Estos excesos de avidez sobre el botín incomodaban a los Clinton, los Biden y los Obama, con el crono a la contra: lograda la remodelación medio-oriental, los capitales estadounidenses iban a necesitar años de reconversiones si deseaban empezar a rendir allí. La exportación rentable de Capital turco, en cambio, podía ser inmediata. Se quería al Erdogan subsidiario; se temía al Erdogan competidor. La proximidad geográfica hacía del último un aventajado. También aventajaba en virtud de las entradas económicas y comerciales ya establecidas previamente con Siria durante la etapa “de apertura”. No hay que negar, en fin, cierta empatía sociológica sectorial cosechada en la República Árabe. Todas estas utilidades hacían de Erdogan un arma de dos filos para los estrategas de la Administración demócrata. Los técnicos liberal en reactivar el ciclo de ampliación de capitales yankies sabían que Turquía sí realizaba con eficiencia la acumulación ampliada, y que necesitaba producirse mercados para sí. El problema estadounidense era de hipo-estímulo a la inversión. El problema turco era, al revés, una hiper-actividad económica incapaz de ser metabolizada por el mercado interno, y que necesitaba, así, salida árabe-peninsular.

La fortaleza y potencial económicos de Turquía han acabado, dialécticamente, por sellar la debilidad de Erdogan ante los Gigantes que reclaman para sí solitos un nicho-Mundo. Él y su proyecto han sido el único exponente productivista en el arco del Islam Político y de su Hermandad (descaradamente burocrático-compradora y comercial en sus demás tentativas: la egipcia, la tunecina, la libia, la siria o la palestina gazadí). Se postuló socio de la Primavera clintoniana “capitalizadora” del Oriente Árabe, por conveniencia recíproca con esa fracción hegemonista, al tiempo que se ponía a escribir su propio guión para el futuro peninsular. Quiso hacer de Turquía la potencia hegemónica local emergente en monopolio, aplastando en la carrera tanto las posibilidades qataríes como saudíes. Su vocación monopólica chocó con la actual lógica del equilibrio multi-actorial instalada en la Administración Obama. No ha fructificado el guión neo-otomanista. Tampoco lo ha hecho el de Brzezinski, “tutor” de Obama.

La paradoja del autonomismo limitado

Para explicar el finiquito del periodo Erdogan hay que explicar su paradoja: la de un Estado cómodamente instalado, desde hace más de 60 años, a la sombra de un campo imperialista y al servicio/usufructo de sus estructuras financieras y militares; pero un Estado que, contradictoriamente, desarrolla conciencia de necesitar autonomía política y geopolítica si quiere jugar mundialmente a la altura de la expansión productiva que protagoniza, encinta de inéditas virtualidades acumulativas y necesidades de mercado. Erdogan demostró a los arquitectos de la división funcional internacional, vocales en la OIT, en la Comisión Europea, etc., que el turismo no es ningún destino astrológico predecible para países como España, Grecia o la misma Turquía, por misterioso contraste de Naturaleza con la “eficiencia protestante”. La Turquía de Erdogan ha desarrollado el textil, la automoción de vehículo pesado, la agroindustria, el calzado, la maquinaria industrial, los transportes colectivos, tecnología militar propia, etc. Este últimoaspecto también ha disgustado al complejo militar-industrial y a Israel; conservar a los países en situación de dependencia militar es, para ellos, poseer el anillo único que domina a todas las demás sortijas. Por su condición de “aliada” de campo imperialista, la Turquía de Erdogan no ha desarrollado aún siquiera mínima independencia financiera, dato que ha acabado por constituir uno de los grandes caballos de Troya portando la desestabilización hegemonista del país.

La Unión Europea ha venido haciéndose la remolona con Turquía. Por pantalla hemos podido asistir a reiteradas declaraciones de bloqueo a su entrada, exigencias de Derechos Humanos, etc. Teatralidad al margen, es Alemania la que ha insistido en abrir la puerta, más de lo que Turquía ha golpeado su aldaba, si bien ofreciendo unas condiciones de incorporación “a la mediterránea”, a las que Turquía, con salubre auto-conciencia, ha reiterado el NO.

Con voz propia en el Mundo Árabe

Hasta cierto punto de inflexión, Erdogan no hizo más que desarrollar la línea política regional e internacional emprendida en 2002 por su homólogo anterior, Abdullah Güll. A principios de siglo, el Partido de la Justicia y el Desarrollo se opuso a la invasión imperialista de Iraq, rechazando la exigencia estadounidense de usar suelo turco como plataforma de lanzamiento militar. En dicho momento, Turquía asumió un papel destacado en sumar pasos internacionales contra el ataque o, al menos, hacia impedir la consagración de una coalición agresora pluri-estatal. Desde tal perspectiva, mantuvo rondas con varios países árabes de la zona y con organismos europeos. No sin relación con esto anterior, Gül revisó unilateralmente el tratado turco-israelí de defensa mutua, introduciendo limitaciones y condicionamientos, antes ausentes, en materia de maniobras militares conjuntas y complementariedad táctica (principalmente aeronáutica). Se desvanecieron así las conquistas israelíes en sentido de manejar desde Tel-Aviv un ejército paralelo orgánicamente unido a la Tsahal.

Bajo aquel mismo contexto de unilateralismo estadounidense “por un nuevo siglo americano” (como rezaban las cabeceras programáticas de Bush, Cheney, Albright, Rumsfeld, Rice y compañía), el Estado turco se enfrentó al plan hegemonista de aislamiento y asfixia de Siria en tres golpes: aislamiento internacional; bloqueo de importaciones; sanciones políticas y jurídicas “internacionales” contra los inversores, negocios y toda sociedad mixta fundada con el Estado sirio. Miembro de la OTAN y de su estructura militar, Turquía se negó también a suscribir la inclusión de Siria en la Lista Negra de “enemigos de la civilización libre”, tanto en la vertiente estratégica del documento (prioridades al ataque) como en su vertiente ideológica (“Eje del Mal”). Eran tiempos en los que el tándem judeo-fundamentalista/evangélico-calvinista se impacientaba por arrasar las estructuras sirias tal y como sus cazas pulverizaban desde cielo iraquí el yacimiento arqueológico de Babel, agenda neo-mesiánica que perjudicaba las perspectivas turcas de mercado. Así que Gül-Erdogan llamaron a la concordia con Siria, mientras paseaban a su “cara amable” –el entreguista exministro de Economía sirio Abdallah al-Dardari- por los lobbies y salas de actos del World Economic Forum. Los turcos confiaban en una traición presidencial al pueblo sirio y en la consecuente conversión gubernamental de la RAS en un régimen burgués comprador. El Presidente Dr. Bashar al-Assad no les cumplió esa necesidad estructural (arriba expuesta), lo que explica el papel de Turquía en los desencadenamientos posteriores.

Bajo la acentuación del antagonismo turco-israelí por la hegemonía regional, Erdogan halló lógico asidero en la cuestión palestina, denunciando el muro de Gaza y el bloqueo de bienes básicos contra su población. Por lo mismo, se hizo sponsor de varias iniciativas internacionales de avituallamiento y de quebranto de la segregación sufrida por los palestinos. Denunció la agresión israelí sobre Gaza de diciembre de 2008, sin claudicar ante la crisis diplomática originada. En el contexto de la última matanza neo-mesiánica perpetrada sobre la Franja (verano de 2014), Erdogan compitió con Qatar por erigirse máximo valedor de la lumpen-burguesía comercial palestina y de su brazo armado, Hamas, que entronca con el proyecto de cierta fracción del sionismo laico norteamericano por descomponer el Oriente Árabe en una miríada de entidades “islámicas” de programa económico absentista y “liberal” para con el exterior. En tal sentido último, Erdogan mantuvo sucesivas conversaciones con Obama durante la masacre de 2014, organizando una agenda de presión sobre Israel. Ésta se formulaba dirigida, en lo coyuntural, a detener los ataques. Pero, subyacentemente, se proyectaba hacia restringir de una vez por todas la territorialidad potencial israelí tanto como a reemplazar la lógica nacional-judaica de “encaje del Oriente Medio en Israel”, por una lógica alternativa de encajar a Israel en un futuro Oriente Medio domeñado.

Por temor a una presumible extensificación del fenómeno hacia Turquía, Erdogan se opuso con invariancia a los planes de segmentación y des-arabización de Iraq mantenidos por la Administración Bush e Israel. Esta postura a favor de la unidad territorial e institucional iraquí, contraria a la primacía de sectarismos y de etnicismos siempre dispuestos a la pleitesía a cambio de reconocimiento “internacional”, ni convino entonces ni conviene hoy a un imperialismo “occidental” que encuentra la horma de su zapato en el Mito colonialista y reaccionario del Kurdistán, y, en Barazani, a su nuevo Teodoro Herzl. No hace más que unos días, el propio Erdogan denunciaba públicamente cómo la aviación imperialista “aliada” “contra el Estado Islámico”, se dedica en la práctica a bombardear las poblaciones turquemanas y árabes de la Siria septentrional, originando un éxodo demográfico que es rellenado de inmediato con pobladores kurdos. El viejo lugarteniente otomano no encaja en el dibujo del actual comodín imperialista: la gestación de un nuevo Israel está en marcha.

Del mar de China a Budapest

La carencia de atractivo que para el potencial económico turco tiene ya desde hace años una Europa de solvencia mercantil decreciente, llevó a Erdogan a encandilarse, más si cabe, con su natural proyección hacia el Asia Central turquemana. “Turquía es una Gran Potencia que se extiende de la Europa Central hasta el Mar de China”, llegó a decir. En la práctica, el viraje se tradujo en el estrechamiento de lazos comerciales con sus parientes a las orillas del Caspio, empresa del todo infactible sin entendérselas primero con China. Así se hizo Turquía con presencia de invitación en las dinámicas de la Conferencia de Shangai. Khazajstán es, para el Estado turco, la joya de la Corona entre los países que componen el Tratado, con su espectacular incremento inter-anual del PIB, su creciente solvencia de mercado, su galopante urbanización (civil, institucional y monumental) en demanda fluida de constructores, y su riqueza de subsuelo.

Inmersa en una dinámica que intersecciona con el párrafo anterior, Turquía se aproximó también a Irán. La República iraní es un mercado de obligado anclaje para cualquier potencia emergente. Su capacidad adquisitiva general es notoria, contra la imagen de “crisis”, “pobreza” o “decadencia” vertida por el espectáculo “occidental”. Pero, con mayor hondura, fue la ruta del Khazajstán lo que atrajo a Erdogan hacia la Persia Central: turcos e iraníes iban a co-invertir en prospectar gas kazako y canalizar hasta el Mediterráneo el surtido del ciclópeo yacimiento. Esto, y por razones alternativas según los casos, no gustó a nadie, empezando por el sector del Hegemonismo colindante a la AIPAC y adverso a cualquier “concesión” hacia Irán. Qatar, por su parte, veía cómo este plan de gasoducto tomaba el lugar que hasta esa fecha parecía reservado al consorcio Doha-Ankara, titular para la implementación de un proyecto de conducto transregional alternativo (y a través de una nueva Siria sometida).

Contradicciones inter-burguesas en Turquía

En este mar de contradicciones regionales, subordinadas al principio hegemonista de que “donde manda patrón, no manda marinero”, Erdogan cometió el pecado de ser el mejor amigo de sí mismo y de su propia burguesía, transitando en equilibrio precario por la quebrada de la moderna subsunción turca a “sus” “alianzas”. El cariz de su nomenklatura administrativa, una burguesía burocrática heterodoxa por ser nacionalista y no ser vende-patrias, tampoco le ha ayudado a ganarse simpatías ajenas. La novedosidad de la burguesía burocrática montada en torno al Partido de la Justicia y el Desarrollo y a su distribución clientelar tanto técnica como administrativa, estriba en lo siguiente: extrae su porción de Capital no de entregar al exterior los resortes económicos y factores productivos del país, sino de gravámenes fiscales a la vida económica nacional. Así, este tipo heterodoxo de burguesía burocrática está interesada en proteger y estimular la composición nacional de los capitales, pues parasita de ellos. Dicha “solidaridad interior” no puede más que ocasionarle la enemistad por parte del Hegemonismo, y más aún en su actual declive.

Paralelamente, la rivalidad por el pastel capitalista acabó originando una relación ambivalente entre la burguesía productiva y comercial turca, por un lado, y esa nomenklatura administrativa islamista. Como la burocracia depende de tales fuerzas económicas nacionales, se sujeta a su lógica de Estado y esa lealtad es lo que mantiene el carácter soberanista de las políticas gubernamentales. Pero al mismo tiempo, cada vez intenta sacar más fracción de Capital en pago de las funciones gestoras, reguladoras, diplomáticas, representativas…, que realiza, desde el aparato Estatal, en pro de la burguesía productiva misma. Dicha contradicción entablada entre la burguesía y su propia organización técnico-institucional, es percibida por la industria turca como constante desvío de inversión potencial productiva hacia el gasto improductivo. Paradójicamente, la agudización de esta tensión y malestar acaba enemistando a fracciones industriales con su propio Gobierno, y el Gobierno acaba oscilando entre purgar a la burocracia y su dependencia de gestión respecto de la nomenklatura que él ha ido empoderando.

Sólo desde ahí puede entenderse el creciente des-control gubernamental sobre la judicatura turca, cuya labor archivística e investigadora ha terminado por pesar decisivamente en el hundimiento de la imagen pública de Erdogan y su Ejecutivo. Desde que el Hegemonismo estadounidense decidió que era hora de destapar (2013) la corrupción incurrida por Erdogan y destacados miembros de su entorno y Gabinete, el Poder Judicial turco ha efectuado de puente entre la siembra exterior de revuelo y la prensa. Los mermados índices de popularidad dieron la ante-imagen del curso electoral.

Los factores internos y su insuficiencia explicativa

Sin género de dudas, los factores internos tienen su peso en explicar el final de periodo para un Erdogan que en las pasadas elecciones ha perdido la mayoría. La contradicción sociológica entre la Turquía contemporánea y el Islam Político es notoria. El PJD ha sido como instaurar el nacionalcatolicismo tecnocrático garante del desarrollismo franquista, en plena posmodernidad. Limitación de las reuniones públicas, cánones de decoro para el atuendo, proscripción de besarse en la calle y del cigarrillo en espacios abiertos, intentos de moldear el traje de baño, etc. De todos modos, estas convulsiones morales han sido exageradas por los medios “occidentales”, porque, de hecho y para una porción considerable de la población turca (la Turquía “aldeana”, rural o hasta de municipio mediano), estos corsés no son problema. Más bien objeto de respaldo.

La postura asesina contra Siria sí le ha pasado mayor factura, por solidaridad humana, sí, pero aún más por padecer en carne propia el escabroso clima derivado de la ubicación armada en suelo turco, que ha traído contrabando, inseguridad, atentados, saqueos, abusos sobre las poblaciones lugareñas y conatos violentos de imposición “moral”, ésta sí, intolerablemente rigorista incluso para los moradores más tradicionales. Ello por no hablar de la alarma social disparada ante el efecto boomerang de una potencial escalada, implicando actores otrora fuera del campo enemigo inmediato; y ahora susceptibles de enfrentarse a Turquía por efecto de un Hegemonismo que sabe externalizar hacia lo local aquellos polvorines invocados por sus propias tentativas de remodelación.

He mencionado con anterioridad la dependencia turca financiera y la emisión/compra de deuda como factores de desestabilización. Ellas han forzado al Gobierno a una política monetarista en pro de hacerse con un fondo de pago de la deuda. La emisión monetaria también ha sido un intento de responder a la insuficiencia solvente del mercado interno. Se pone más moneda en circulación como terapia de choque en pro de aumentar el poder adquisitivo y la tenencia en metálico, de dar facilidades al incremento de los salarios nominales, de impulsar el crédito doméstico y empresarial, etc. Sin embargo, tales dinámicas acaban siempre por devaluar la moneda (el Valor total interno –mercantil y de capitales- se divide entre más caudal monetario, de modo que cada unidad monetaria tendrá menos valor). Eso ha sido llover sobre mojado en un país de bajísimo salario medio en relación no sólo a las necesidades de la Fuerza de Trabajo, sino también a las necesidades capitalistas de consumo. Lo expuesto significa que Erdogan perece, en cierto modo, de “éxito”, pues la eficiencia de desarrollo capitalista, prolongada durante su mandato, se traduce en una sobreproducción cada vez más divorciada del modesto “metabolismo social” turco.

Contra el indeseado, se abre la Caja de Pandora de la corrupción

Las contradicciones internas subrayadas no son condición suficiente del ocaso de Erdogan. Al contrario, y como he desarrollado en el presente texto, fue el intento de fraguar una línea política internacional autonomista con que superar las contradicciones económicas internas, aquello que terminó poniendo en guardia a un Hegemonismo celoso de apurar lineamientos en su contexto de ineficacia competitiva. El Hegemonismo, poniendo en marcha la desclasificación y filtración documental, y, con ella, el engranaje judicial turco tanto como el periodismo “de investigación”, desató el escándalo de la inmoral corrupción, directo al Talón de Aquiles de quien hacía de “la moralidad islámica” uno de sus valores diferenciales.

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